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Marruecos hace historia en el Mundial de 2026, lo que supone un hito simbólico para el fútbol africano y ha desatado oleadas de entusiasmo por todo el continente. En esta fase de clasificación, que se desarrolla bajo un formato revisado con 48 selecciones y 104 partidos, los «Leones del Atlas» han logrado clasificarse por primera vez para una fase final, desafiando a los favoritos tradicionales de la competición. Su trayectoria, marcada por actuaciones colectivas y una solidaridad ejemplar, ha inspirado a generaciones de jugadores y ha redefinido las expectativas de las naciones en desarrollo en el fútbol internacional. Su éxito, aunque temporal, ha abierto el debate sobre la equidad de las estructuras mundiales y el impacto de las selecciones no tradicionales en un torneo históricamente dominado por potencias europeas o estadounidenses.
Sin embargo, este Mundial de 2026 no está exento de tensiones, especialmente en lo que respecta a la lucha contra el racismo. Los incidentes de acoso o de discursos discriminatorios, denunciados durante varios encuentros, han reavivado los temores persistentes en el fútbol mundial. Las federaciones, las asociaciones de jugadores y las ONG han reaccionado denunciando la insuficiencia de las medidas adoptadas para sancionar estos comportamientos, y han pedido reformas estrictas en los procedimientos disciplinarios. Los organizadores, que acogen un evento de una envergadura sin precedentes, han reafirmado su compromiso de luchar contra estas prácticas, pero las críticas persisten, sobre todo en los estadios donde el público mixto ha podido manifestar tensiones étnicas o sociales.
Sin embargo, este Mundial de 2026 no está exento de tensiones, especialmente en lo que respecta a la lucha contra el racismo.
Las propias federaciones nacionales expresan una indignación justificada ante las decisiones de la FIFA. Las disputas en torno a las normas, los horarios de los partidos o los criterios de clasificación han puesto de manifiesto profundos desacuerdos sobre la gestión de la competición. Algunas federaciones acusan al organismo internacional de anteponer los intereses comerciales en detrimento de la equidad deportiva, sobre todo en un contexto en el que los coorganizadores —Estados Unidos, Canadá y México— disfrutan de privilegios logísticos y mediáticos. Las peticiones para que se reforme el modelo de la FIFA, abriendo la puerta a una mejor representación de los países emergentes, están cobrando cada vez más fuerza, sobre todo tras las memorables actuaciones de la selección marroquí.
En la era de la digitalización y la globalización, el Mundial de 2026 encarna también los retos de una nueva era futbolística. Los retos sanitarios, las innovaciones tecnológicas y las cuestiones medioambientales, a menudo ignoradas por los medios de comunicación, marcan esta edición. Los organizadores han incorporado medidas de sostenibilidad, como el uso de energías renovables en algunos estadios, al tiempo que adaptan los protocolos sanitarios a la evolución de la pandemia. Esta edición, llena de contrastes, nos recuerda que el fútbol no es más que un reflejo de las tensiones sociopolíticas, al tiempo que sigue siendo un terreno de unión inesperado para generaciones de aficionados unidos en torno a un mismo balón.