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Attilio Biasca aún no ha jugado un partido oficial con Boston, pero su llegada al campamento de novatos de los Bruins ya plantea una historia clara: la de un delantero suizo de 23 años que intenta convertir una trayectoria paciente en una verdadera oportunidad en la NHL. Firmado por dos temporadas en junio, después de conquistar un título nacional con Fribourg-Gottéron y una medalla de plata mundial con Suiza, el exjugador de los Halifax Mooseheads regresa a Norteamérica con más experiencia y fortaleza que durante su primera etapa júnior.
Un contrato ganado lejos de los focos
Biasca no tiene el perfil clásico de una gran promesa seleccionada muy arriba en el draft.
Biasca no tiene el perfil clásico de una gran promesa seleccionada muy arriba en el draft. Simplemente, no fue seleccionado. Su camino pasó por la QMJHL y luego por la National League suiza, donde acumuló varias temporadas útiles antes de convencer a Boston. Los Bruins le ofrecieron un contrato de dos años, hasta 2027-2028, con un tope salarial anunciado de 980 000 dólares por temporada.
Este detalle contractual importa: Boston no solo invitó a un jugador para completar un campamento. El club invirtió en un delantero lo bastante maduro como para no ser tratado como una curiosidad exótica. Su última temporada en Fribourg-Gottéron, saldada con 15 goles y 27 puntos en 45 partidos, tuvo peso. También su primavera internacional, con una Suiza finalista del Mundial IIHF. En una organización que busca regularmente profundidad competitiva, este tipo de currículum llama la atención: no es llamativo, pero ya ha pasado por partidos importantes.
La primera prueba: convencer en el tráfico
El campamento de novatos de Boston se inauguró el viernes en Brighton, antes de dos partidos del Prospects Showcase contra los jóvenes Sabres en Buffalo los días 13 y 14 de septiembre. Para Biasca, el calendario es ideal. No necesita contar que puede adaptarse al formato reducido norteamericano; tendrá que demostrarlo de inmediato, contra jugadores que tienen exactamente la misma urgencia.
Las primeras impresiones llegadas desde Boston son alentadoras. El entrenador de Providence, Trent Whitfield, valoró su movilidad, su implicación en las pequeñas disputas y su capacidad para luchar por los discos en las esquinas. Precisamente ahí se decidirá su candidatura. Biasca se presenta como un jugador rápido, agresivo en la presión alta, capaz de atacar el interior y marcar goles importantes. En el vocabulario de la NHL, eso significa que debe hacerse notar sin reclamar el disco, ganar duelos y no desaparecer cuando el espacio se reduce.
Su ventaja es que ya conoce el hielo norteamericano gracias a Halifax. Su desafío es regresar con las exigencias de un club de la NHL, donde la diferencia entre un buen campamento y una verdadera invitación al grupo principal puede depender de tres presencias bien gestionadas.
Boston mira más allá de los nombres evidentes
El nombre más esperado del campamento sigue siendo James Hagens, y es lógico. Pero el valor de una concentración de novatos también se mide por los jugadores menos anunciados que obligan a abrir una conversación. Biasca entra en esa categoría. No llega como salvador ni como fenómeno estadístico. Llega como un delantero formado en varios entornos, capaz de jugar con cierta dureza y con suficiente instinto ofensivo para interesar al cuerpo técnico.
El siguiente paso inmediato será en Buffalo. Los Sabres han confirmado dos partidos de exhibición contra los Bruins, con retransmisión prevista en su plataforma oficial. Este formato ofrecerá a Boston una primera lectura concreta: ¿puede Biasca imponer su estilo contra prospectos rápidos, a un ritmo más cercano a lo que le espera en la AHL o durante la pretemporada?
La apuesta está abierta, pero tiene sustancia. Para los Bruins, Biasca representa un intento razonable de descubrir a un jugador ya adulto en su juego. Para el suizo, es una ventana poco común: no tiene que demostrar que tenía razón a los 18 años, sino que a los 23 está listo ahora.