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A dos días de la final del Mundial entre España y Argentina, lo que más preocupa a los organizadores no es un rival táctico, sino un enemigo mucho más impredecible: el humo. Nueva York se asfixia bajo una espesa nube procedente de los incendios que asolan Canadá desde hace varias semanas, y la calidad del aire alcanza niveles considerados «peligrosos para la salud» por las autoridades sanitarias.
El MetLife Stadium, que acogerá el domingo 19 de julio a la Roja y a la Albiceleste, está envuelto en una niebla anaranjada que recuerda a los peores días de junio de 2023. La alerta es lo suficientemente grave como para que la FIFA haya abierto un canal de comunicación permanente con los servicios meteorológicos y sanitarios estadounidenses. Un precedente inmediato y desafortunado: un partido de fútbol que debía celebrarse el jueves por la noche en Chicago ante 40 000 espectadores fue cancelado sin más por las autoridades locales.
El MetLife Stadium, que acogerá el domingo 19 de julio a la Roja y a la Albiceleste, está envuelto en una niebla anaranjada que recuerda a los peores días de junio de 2023.
Aire irrespirable, precedentes que preocupan
Las lecturas son contundentes. El índice de calidad del aire (IQA) superó el jueves el umbral de 150 en varios barrios de Nueva York, un nivel a partir del cual se desaconseja la exposición prolongada incluso para personas sanas. El humo de los incendios canadienses, impulsado por los vientos del norte, transporta partículas finas (PM2,5) capaces de penetrar profundamente en los pulmones.
«Una amenaza grave», titulaba Le Parisien este viernes por la mañana, citando a las autoridades sanitarias neoyorquinas, que han recomendado el uso de mascarilla al aire libre. La situación es lo suficientemente preocupante como para que la FIFA esté barajando, entre bastidores, escenarios alternativos —aunque oficialmente, el organismo se muestra tranquilizador y asegura que «todas las opciones están sobre la mesa para garantizar la seguridad de los jugadores y del público».
El recuerdo de los Juegos Olímpicos y otros grandes eventos deportivos afectados por la contaminación atmosférica está presente en la mente de todos. Pero aplazar una final del Mundial, con miles de millones de telespectadores esperados y una logística titánica, sería una decisión sin precedentes.
España entrena, Argentina llega
A pesar de estas condiciones adversas, la Roja mantuvo su sesión de entrenamiento al aire libre el jueves. Los jugadores de Luis de la Fuente, que aspiran a una segunda estrella tras la de 2010, han trabajado con normalidad bajo la supervisión del equipo médico. No se ha registrado ningún incidente, pero sigue planteándose la cuestión del impacto fisiológico en organismos sometidos a un esfuerzo máximo.
Por su parte, no se espera que Argentina llegue a Nueva York hasta este viernes. La Albiceleste de Lionel Scaloni, actual campeona, ha optado por retrasar su llegada para limitar la exposición. Una precaución que dice mucho de la inquietud generalizada. Los argentinos, que lograron una épica victoria sobre Inglaterra en semifinales, esperan conquistar su tercera estrella mundial.
Por parte de España, otra preocupación: Lamine Yamal, la joven promesa de 19 años, es duda para la final. Tras sufrir una lesión en la semifinal ganada a Francia, el prodigio del FC Barcelona sigue un protocolo de cuidados intensivos. Su presencia sobre el césped el domingo condicionará en gran medida el plan de juego de la Roja.
La FIFA investiga las celebraciones argentinas
Por si el ambiente de Nueva York no fuera suficiente, otra sombra se cierne sobre la final. La FIFA ha abierto oficialmente una investigación sobre el comportamiento de los jugadores argentinos tras su clasificación a costa de Inglaterra. Las cámaras captaron cánticos y gestos considerados provocadores, lo que ha reavivado las tensiones entre ambas naciones, tres décadas después de la guerra de las Malvinas.
El órgano disciplinario está examinando las imágenes y podría imponer sanciones a varios jugadores, aunque una suspensión para la final parece poco probable a estas alturas. El asunto añade una capa más de tensión a un evento que ya de por sí no andaba escaso de ella.
La pregunta que todo el mundo se hace ahora es sencilla: el domingo por la noche, ¿se levantará el telón bajo un cielo neoyorquino por fin despejado, o habrá que disputar la mayor final de la historia del fútbol bajo un velo de humo? La respuesta está en manos de los vientos de Canadá.