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Una estimación conservadora pero contundente
Un nuevo estudio sobre antiguos jugadores de la NFL fallecidos entre 2016 y 2021 reaviva con fuerza el debate sobre los efectos neurológicos del fútbol americano. Los investigadores identificaron a 878 antiguos jugadores que cumplían sus criterios y luego estudiaron los cerebros de 235 de ellos. Entre estos donantes, 215 presentaban encefalopatía traumática crónica, es decir, más de nueve de cada diez casos en la muestra examinada. Los autores no presentan esta tasa como representativa de toda la población, ya que las familias preocupadas por síntomas neurológicos tienen más probabilidades de aceptar una donación de cerebro.
Una gran parte de los casos observados correspondía a formas avanzadas de la enfermedad.
Precisamente para limitar este sesgo, el estudio utiliza una estimación mínima: incluso suponiendo que los 643 jugadores no examinados no padecieran la enfermedad, al menos el 24,5 % del grupo estudiado en su conjunto tenía CTE en el momento de su fallecimiento. Los investigadores describen este valor como un umbral mínimo, no como una medida definitiva del riesgo para los jugadores vivos. El resultado sigue siendo llamativo, ya que los estudios sobre la población general suelen situar la presencia de CTE en un nivel muy inferior.
Lo que realmente muestra el estudio
Actualmente, la CTE solo puede diagnosticarse con certeza después de la muerte. Por tanto, el estudio no permite afirmar cuántos jugadores activos ni cuántos antiguos jugadores aún vivos están afectados hoy. Tampoco demuestra que toda persona portadora de lesiones presente necesariamente los mismos síntomas cognitivos, conductuales o psiquiátricos. Estas limitaciones son importantes, ya que el tema afecta a la salud, la memoria de los jugadores y las responsabilidades institucionales del deporte profesional.
Los datos disponibles no dejan de ser preocupantes. Una gran parte de los casos observados correspondía a formas avanzadas de la enfermedad. Las publicaciones asociadas también destacan el vínculo entre la CTE y la exposición repetida a impactos en la cabeza, no solo a las conmociones diagnosticadas oficialmente. En otras palabras, el problema no se limita a los grandes golpes visibles del domingo: remite a la acumulación de contactos sufridos durante toda una carrera deportiva, desde las categorías juveniles hasta el nivel universitario y después el profesional.
Una presión creciente sobre la NFL
La NFL lleva varios años recordando las medidas adoptadas para reducir las conmociones y regular los contactos durante los entrenamientos. La limitación de ciertas sesiones, la evolución del protocolo médico, las modificaciones de las reglas y la inversión en recursos sanitarios para los antiguos jugadores forman parte de su respuesta. Pero el estudio llega en un momento delicado: la liga sigue prosperando económicamente, mientras que las cuestiones relacionadas con la salud cerebral siguen siendo uno de sus expedientes más difíciles.
Para los investigadores, el desafío va más allá de la NFL. Si la exposición acumulada comienza antes de la llegada al ámbito profesional, las reformas también deben afectar al fútbol americano universitario, de secundaria y juvenil. El debate se centra entonces en la reducción de los contactos repetidos, la edad de inicio en el fútbol americano con placajes, la formación de los entrenadores y el acceso a la atención médica para los jugadores que han salido del sistema profesional.
Este estudio no cierra el debate científico, pero establece un nuevo punto de referencia. Al fijar un mínimo metodológicamente prudente, hace más difícil sostener que la CTE sería un fenómeno marginal entre los antiguos jugadores de muy alto nivel. Para la NFL, así como para todo el ecosistema del fútbol americano, la cuestión ya no consiste únicamente en gestionar mejor las conmociones; se trata de reducir la exposición total del cerebro a impactos repetidos.